lunes, 7 de octubre de 2013

El dulce caos de la vuelta a clases

Ya hace más o menos dos semanas que inició el nuevo año escolar. Muy cerca de donde vivo queda una escuela, todas las mañanas cuando suena mi reloj casi a las 6 y siento que pagaría por no levantarme de la cama me digo a mi misma "piensa en las señoras que tienen que mandar/traer a los niños a la escuela, deja la flojera que llegar al trabajo no es nada". 

No me molesta en lo absoluto conseguirme a los uniformados en el autobús o en el metro, sé que se trasladan por una buena causa, y sé que muy pocos lo disfrutan porque no saben que tan rápido les tocará ver las cosas desde otro ángulo, no saben que tan rápido estarán mirando a otros niños con chemise beige y pensando sorprendidos, sobre ellos mismos: "Vale, pero si eso fue ayer". Confieso por cierto, que siempre he creído que esa clase de pensamientos es un síntoma de vejez.

En mi percepción personal, muy pocas cosas le restan hostilidad a Caracas. Los motorizados, que casi son el símbolo universal del desastre y la anarquía en esta -y en cualquier ciudad-, se convierten en otra cosa cuando los veo formados frente a un semáforo con sus parrilleros que van al colegio, o cuando están congestionando la acera frente a la escuela, y llegan con sus hijos e hijas, y procuran que los niños lleven puesto el casco. Así ya no parecen tan criminales malas personas.

A pesar de que muchos me habían dicho que una vez se reanudaran las clases, la ciudad sería un caos, eso no ocurrió, en cambio tengo un panorama un poco más motivador y menos frío todas las mañanas cuando voy a la oficina.

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