lunes, 25 de febrero de 2013

Sólo hay que aguantar el chaparrón

Se lo escuché decir a los gerentes hace unas semanas, cuando estaban compartiendo sus inquietudes acerca de lo que sucedería con el dólar y el tipo de cambio. Comentan que todo el que ve desde afuera se queda perplejo y nunca entiende que es CADIVI o que fue el SITME, así como tampoco entienden esa aparente insensibilidad de la demanda de cierto bienes ante los precios, ni se puede explicar de dónde sale tanto dinero en un país con unas condiciones macroeconómicas tan desfavorables. Concluyeron diciendo "Aquí está la plata, solo hay que resistir y aguantar el chaparrón".

Para mi fue cómico y alentador, y terminé de comprenderlo este fin de semana cuando recibí una de las clases más emotivas de Lidera, la de presupuesto de la nación, con el profesor José Manuel Puente. Lo que nos pasa es normal, son las paradojas de nuestro país petrolero. Vivimos en un país -son palabras mías, no del profesor- con un petroestado paternalista que suma ya varios años invirtiendo su dinero en malcriar al pueblo, un pueblo que está convencido de que tiene derecho a vivir subsidiado porque la caja chica de PDVSA aguanta todo, cualquier impuesto, cualquier transferencia derivada de cualquier decreto, de cualquier ley, de cualquier capricho. En la primera página de los periódicos, junto a los titulares que hablan de inflación, devaluación y asesinatos, debería aparecer la noticia de que estamos entre los primeros países consumidores de whisky y comésticos Clinique.

Es abrumador, desconcertante. Locademia de economía, dijo el profesor Puente. Y después dijo que tampoco es el fin del mundo, de hecho, es un chiste delante de lo que vieron los alemanes cuando terminó la segunda guerra mundial, tenían un país en ruinas y tenían que pagar los costos de la guerra, porque la habían perdido. Hoy son el motor económico de la Eurozona. Conclusión: paciencia, sólo hay que aguantar el chaparrón. Así como algunos alemanes vivieron lo suficiente, desde el fin de la segunda guerra mundial hasta la caída del muro de Berlín, nosotros podemos correr con la misma suerte, y vivir lo suficiente como para disfrutar de lo bueno que nos dejen las lecciones de hoy. 

lunes, 18 de febrero de 2013

El final de la montaña rusa

Nos estábamos reintegrando a clases en Enero, y escuché que una de las facilitadoras le preguntó a unos compañeros sí estaban cansados, creo que a ellos les sorprendió un poquito la pregunta y la respuesta fue, en mi apreciación, una respuesta defensiva tipo "¿Nosotros? ¡No vale! Si estamos encantados de madrugar y venir a clases todos los sábados". 

La facilitadora les explicó que ella había hecho Lidera y que era muy común sentirse cansado, a veces desmotivado, ansioso por terminar, les dijo "Es como cuando ves una montaña rusa y te quieres subir, te subes y sientes la emoción de ir ascendiendo, y cuando llegas a la punta y ves el descenso, sólo piensas '¡me quiero bajar, me quiero bajar!'". 

Es la mejor analogía que he escuchado. Lidera no es un curso de sólo los sábados, es mucho más que eso, más que un curso y más que sólo los sábados, a veces los domingos también, como ayer. Había despertado a las 7 y algo, iba en el metro con Jesús y Daniel, aproveché de hacer un chiste para los tres "Entonces, ¿dónde están los que querían estudiar en el IESA?" Es un poco cruel, pero sentí la necesidad de verle el lado amable al asunto.

Cuatro sábados más y nos bajamos de la montaña rusa de la segunda fase del programa. Ya estamos terminando los proyectos de políticas públicas y ya estamos en modo nostálgico. Hasta apareció una foto de nuestra primera clase en Prebo. Cada año al final del programa, cada participante tiene su idea acerca de lo que es Lidera, yo ya tengo mi definición previa: cada sábado te deja una reflexión, y todo el tiempo que le dedicas al programa, una lección de vida.

lunes, 4 de febrero de 2013

El árbol que oculta al bosque

La clase de este sábado en Lidera ha sido de las más interesantes que he tenido en esta segunda fase. Nos visitaron una internacionalista y un historiador, y todavía estoy asimilando cómo dos personas tan jóvenes pueden manejar tanta información sobre lugares, nombres, fechas, y causas y efectos de diversas situaciones.

Los eventos que marcan la vida de los países no son como los eventos que marcan la vida de las personas. Creo que es porque la historia de las personas suele terminar, en el sentido de que deja de escribirse cuando la persona muere, pero la de los países no. Me explico, Alemania ya no pertenece a la historia de Hitler, porque él está muerto, pero nadie puede borrar a Hitler de la historia de Alemania, o de la historia del mundo. Mis hijos lo van a conocer, porque sus acciones transcendieron su existencia, marcaron la historia de un país, y así la vida de millones de personas desde ese momento, hasta hoy y por siempre. 

Cuando se les estudia en contexto, como lo hacen los internacionalistas o los historiadores, pareciera que los países tienen vida propia, dejan de ser simplemente un montón de gente que comparte una nacionalidad y ganan su propia identidad, son jóvenes a los doscientos años, tienen amigos y enemigos, fijan posturas, aciertan y evolucionan o se equivocan y quedan rezagados ante los otros. 

Todo eso pasa paralelo a nuestras vidas, claro, pero en otro plano. Como los movimientos de traslación y rotación de la tierra, que ocurren mientras yo escribo, mientras tú lees, pero ni nos enteramos. Vivimos el yo, aquí, ahora y por eso es tan fácil decir "Es que esto nada más nos pasa a nosotros", "Es que esto nada más pasa en este país". 

Apartarse un poquito del yo, aquí, ahora es como apartar la vista del árbol que impide ver el bosque, como fijarse en el camino y no en la piedra con la que acabas de tropezar. Creo que todos deberíamos intentar de vez en cuando ese ejercicio, apostando a que en algún momento, un montón de gente consciente compartiendo una nacionalidad dé lugar a un país mejor, o al menos uno que cometa menos errores.