lunes, 28 de octubre de 2013

Esperar sin desesperar

No acostumbro a publicar entradas tan largas porque valoro los minutos de mis lectores, pero a propósito de mi entrada del lunes pasado, me cruce con un artículo de Leonardo Padrón que me gustó mucho y quiero compartirles mis dos pasajes favoritos:

"Vivimos en función de fechas. Cuánto falta para navidad. Para el cumpleaños de un hijo. Para salir de vacaciones. Para la llegada del viernes. Para volver a ver a quien te marea los sentidos. La vida es un inventario de expectativas. Pero a los venezolanos nos ha dado por ser originales en los últimos años. Hemos ampliado nuestra lista de espera: Están las enfermas de cáncer de mama que esperan por máquinas de radioterapia. Las amas de casa que aguardan, en airadas colas, por la llegada de la harina y el aceite. Los educadores que esperan, impacientes, el aumento de sueldo. Los damnificados que llevan tres años viviendo en el inframundo de un refugio, mientras acechan el cumplimiento de una promesa que solo sabe postergarse. Los presos políticos que cuentan los días para abandonar una cárcel ilícita y cruel. Los prevenidos que esperan, alertas, el próximo apagón. Los empresarios y comerciantes que desgranan su impaciencia rogando que algún nuevo iluminado –los cambian cada 15 días [se refiere a los ministros y viceministros]– despeje el camino para que fluya la economía. Los medios impresos que parecen destinados a desaparecer cuando se les acabe la reserva de papel. Los viajeros que sienten la agresión de un dólar inalcanzable. Los hijos del exilio que ven el calendario como si fuera un péndulo calcinante. Los candidatos que insisten en la próxima elección. Los millones de venezolanos que aspiran que el desmadre nacional tenga fecha de extinción. Gente que cuenta los días para irse y gente que cuenta las horas para volver. Gente que sueña con el 8 de diciembre como un plebiscito. Gente que fantasea con un golpe de estado. Gente que especula con la renuncia de Maduro. Gente que aspira seguir chupándole plata al erario nacional. Gente que anhela eternizarse en el poder. Gente desesperada porque el destino se apure. Aquí todo el mundo está esperando algo. Todos tenemos un tictac urgido en nuestra mente. Los venezolanos aprendimos a vivir en cuenta regresiva.

En uno de los viajes a Valencia el chofer me relató el traumático episodio que vivió su esposa un día que fue víctima del tiempo. Necesitaba llegar puntual a una reunión de trabajo. El tráfico era –como dicta la costumbre– infernal. Se comunicó con su esposo por teléfono y él le dijo que la única opción era contratar los servicios de un mototaxista. Le obedeció a regañadientes pues nunca había usado ese medio de transporte. Eligió uno al azar. Se aferró al cojín con las dos manos y al primer giro venció el pudor y abrazó la cintura del desconocido. Todo transcurría normal, mientras el hombre esquivaba los carros y las normas de tránsito. Llegaron a un semáforo. El mototaxista vio a su derecha y descubrió a una mujer que manejaba su carro con el vidrio abajo. En su muñeca izquierda brillaba una pulsera de oro. El hombre sacó un arma inesperada, apuntó a la mujer, esgrimió una amenaza salpicada de groserías y en 30 segundos la pulsera había cambiado de dueño. Atrás, la pasajera del mototaxista no daba crédito a lo ocurrido. Había sido, de alguna manera, cómplice del robo. El se excusó: “Usted perdone, señora, pero es que la tipa me la puso papita”. A la cuadra siguiente se bajó de la moto temblando por todos los pliegues de su cuerpo."

lunes, 21 de octubre de 2013

Status: Escasez de buenas noticias

El Twitter es una herramienta para la difusión de información ¿no? Y es muy útil, sobre todo cuando estoy en la carretera. Pero hay veces en que entablamos una especie de relación amor/odio: cuando se convierte en el caldo de cultivo de algún rumor, en un hervidero de especulaciones y ocurrencias, como anoche con toda la matriz de especulación acerca de lo que estaba ocurriendo en el Hospital Militar.

No tenía ni dos horas de haber llegado a Caracas cuando me preguntaron sí sabía lo que estaba pasando, en realidad no tenía ni idea, pero creía saber como "enterarme rápido". Casi me fui a dormir a media noche después de que acepté que no me enteraría de nada. 

Reconozco esa sensación -y a lo mejor es una sensación colectiva-, ya la experimenté en diciembre del año pasado. Es una especie de cóctel que mezcla ansiedad con nerviosismo y un poco de miedo producto de la incertidumbre, es el resultado de esperar hacer realidad el deseo de leer una mala noticia en particular. Después de un rato, si la noticia no aparece, se te ocurre que tal vez eres muy masoquista o ingenuo/engañable.

Si fue verdad o no, o si fue un experimento del G2 cubano, no lo sé, pero al menos me distraje con las ocurrencias de las otras personas en Twitter: en el hospimil hay harina pan, azúcar, papel toilet; en el hospimil hay dólares a 6,30; en el hospimil murió el bolívar fuerte; y así, cualquier chiste asociado a la tragedia cotidiana.

Por cierto, me uno al duelo nacional por la pérdida de Oscar Yanes. Dice Pedro Leon Zapata -en Twitter, claro- que su muerte es una mandarina demasiado difícil de chupar. Así son las cosas. QEPD.

lunes, 14 de octubre de 2013

¿Son ideas mías o esto es difícil?

Hay lugares en los que uno quiere estar y hay lugares en los que uno debe estar.

Haberme residenciado por segunda vez ha sido aterrizar en la realidad de forma más aparatosa en comparación a cómo fue cuando estaba en la universidad. Cada vez me convenzo más de que aquello, con todo y sus complicaciones de fin de mundo, era un burbuja rosada. Ahora en el mundo de los adultos que se costean sus propios gastos todo es diferente y parece más difícil.

El viernes -que es mi día favorito de la semana- sería perfecto sí no tuviera que pasar cuatro horas en la autopista para llegar a Maracay. El domingo sería perfecto sí después no viniera el lunes y si eso no significara abandonar mi casa (la de mis papás). Ese es el momento reflexivo, miro la casa a mi alrededor y recuerdo las noticias que leo todos los días en la oficina, y recuerdo lo que he hablado con mis amigos que se han ido del país o los que planean irse. En ese momento parece una verdad irrefutable que al quedarme donde estoy, que es donde quiero estar, jamás tendré esas cosas -la casa, el carro, los muebles...-. En ese momento mis padres son héroes.

Aunque no sea mi lugar favorito, creo que estoy donde debo estar en este momento. Y creo que la clave es no perder la paciencia ni el foco mientras espero que se den las condiciones para que el aterrizaje aparatoso se convierte en despegue.

lunes, 7 de octubre de 2013

El dulce caos de la vuelta a clases

Ya hace más o menos dos semanas que inició el nuevo año escolar. Muy cerca de donde vivo queda una escuela, todas las mañanas cuando suena mi reloj casi a las 6 y siento que pagaría por no levantarme de la cama me digo a mi misma "piensa en las señoras que tienen que mandar/traer a los niños a la escuela, deja la flojera que llegar al trabajo no es nada". 

No me molesta en lo absoluto conseguirme a los uniformados en el autobús o en el metro, sé que se trasladan por una buena causa, y sé que muy pocos lo disfrutan porque no saben que tan rápido les tocará ver las cosas desde otro ángulo, no saben que tan rápido estarán mirando a otros niños con chemise beige y pensando sorprendidos, sobre ellos mismos: "Vale, pero si eso fue ayer". Confieso por cierto, que siempre he creído que esa clase de pensamientos es un síntoma de vejez.

En mi percepción personal, muy pocas cosas le restan hostilidad a Caracas. Los motorizados, que casi son el símbolo universal del desastre y la anarquía en esta -y en cualquier ciudad-, se convierten en otra cosa cuando los veo formados frente a un semáforo con sus parrilleros que van al colegio, o cuando están congestionando la acera frente a la escuela, y llegan con sus hijos e hijas, y procuran que los niños lleven puesto el casco. Así ya no parecen tan criminales malas personas.

A pesar de que muchos me habían dicho que una vez se reanudaran las clases, la ciudad sería un caos, eso no ocurrió, en cambio tengo un panorama un poco más motivador y menos frío todas las mañanas cuando voy a la oficina.