El jueves pude presentar y aprobar mi examen de certificación. Estoy satisfecha, más que eso, estoy contenta, la inversión de tiempo y esfuerzo en aprender a usar Excel empieza a rendir sus frutos. ¡Gracias otra vez prof. Sonia Albarracín!
El sábado tuve en Lidera una clase de comunicación y oratoria que me gustó mucho. Se me hizo super útil por los tips sobre cómo elaborar y emitir discursos, conocimientos que podré capitalizar dentro de muy poco, Dios mediante.
Dejando eso claro, vamos al punto de la entrada de hoy. Recibí, otra vez, la lección de la prudencia. Cada vez que hacemos una pregunta, de cualquier índole, nos exponemos a escuchar algo que a lo mejor no queríamos o no necesitábamos saber.
Esto no es ninguna novedad, es hasta lógico, ya eso lo sabía bien quien aseguro que uno es esclavo de lo que dice y amo de lo que calla, pero aún así, no es sencillo introducir en el algoritmo de funcionamiento del cerebro (al menos, yo no he tenido éxito) una especie de regla que te obligue a pensar ¿Seguro que quieres saber la respuesta de eso? antes de hacer cualquier pregunta.
Lo mismo aplica para responder o simplemente para decir algo en mitad de una conversación. Más allá de la emotividad, si es que la hay, en los cerebros debería aparecer un mensaje de alerta tipo Are you sure you want to say that? con un signo de exclamación gigante y sus opciones Yes, continue y No, cancel.
En síntesis, lo que aprendí/reafirmé hoy es que hay que ser muy concienzudo al preguntar y responder. Pensar unos segundos para diseñar la preguntar/respuesta y luego tomarse unos segundos para pensar en su pertinencia. A veces tener una duda o dejar a alguien con una duda no es tan malo, lo admito. Y no, eso no significa que abandone el blog ;).