Estoy segura de que tenía el billete en la mano, lo saqué del monedero justo después de sentarme ahí, al lado de la ventana, donde se duerme mejor en el bus.
Me puse los audífonos, los lentes de sol, la cartera sobre las piernas, los brazos sobre la cartera en la típica postura "a la defensiva", y sostuve el billete con la mano derecha mientras esperaba que el colector pasará a cobrar, pero él empezó por los asientos de la parte de atrás del autobús, y yo estaba casi al lado de la puerta.
Bueno, cierro los ojos dos minutos mientras él cobra a los de atrás, aunque me incomoda no poder empezar a dormir al instante. Al poco rato, el "Señorita, pasaje por aquí, por favor" me toma por sorpresa. Me había quedado dormida. Ya no tengo el billete en la mano, ni siquiera la tengo cerrada. El autobús está repleto de gente y oscuro. No pasa nada, busco otro billete, pago y ya.
Fue sólo un billete, a cualquiera se le puedo perder uno. Menos mal no llevaba en las manos el carnet de la empresa, los audífonos, el teléfono, el monedero... o un volante. Mi fiebre por aprender a manejar duró varios años, pero después de aprender, esa misma fiebre se me paso muy rápido. Casi toda la vida deseando que me regalen un carro, y en tres meses de viaje en autopista ya deseo con la misma intensidad que el carro incluya chófer.